El falso cuento de hadas de Francisco José y Sissi: un amor surgido de un flechazo (por parte de él) que a la emperatriz solo le trajo desgracias

La emperatriz Isabel de Austria con un vestido de gala cortesano con estrellas de diamantes de Franz Xaver Winterhalter...

El 24 de abril de 1854 se casaban en Viena, rodeados del boato y el oropel más regios posibles, el emperador y la emperatriz de Austria. Eran Francisco José y Elisabeth –Isabel– “Sissi” o “Sisí”, la encarnación del cuento de hadas, una boda por amor surgido de un flechazo. Una parte era cierta, había habido flechazo, pero solo por parte de él. A ella, aquel amor y aquel matrimonio no le traerían más que infelicidad y desgracias, hasta incluso pasar a la historia como alguien que ella no fue y habría detestado. La vida de ambos fue todavía más evocadora que cualquier cuento, y más de un siglo y medio después, siguen fascinando a la  gente. 

Esa sería la menor de sus preocupaciones. La boda se celebró el 24 de abril por la tarde en la iglesia de los Agustinos. Y donde terminan los cuentos, empezó lo que algunos tildan de pesadilla. Muchos años después, Sisí le escribiría una carta a su hija María Valeria en la que definió lo que ocurrió aquel día con una vehemencia muy cruda: “El matrimonio es una institución absurda. Te venden a los quince años, cuando todavía eres una niña, y te obligan a hacer un juramento que no entiendes y del que te arrepientes durante treinta años, o aún más, pero que ya no puedes romper”. 

Los problemas, el choque de personalidades, de mundos, empezaron enseguida. Al día siguiente de consumar el matrimonio, tres días después de la boda, Elisabeth tuvo que desayunar con su madre y su suegra, y contarles lo referente a su pérdida de virginidad. La noticia fue celebrada en toda la corte, como era natural entonces. Pero Elisabeth tenía otro sentido de la intimidad y la privacidad, uno que desde luego no era de ese entorno, y vivió la situación con vergüenza y espanto. Sobre las relaciones sexuales de aquella primera etapa, un biógrafo teorizaría con delicadeza sobre “el amor excesivamente ardoroso de Francisco José, quien, quizá guiado por los fáciles encuentros que sus fieles le procuraron con damas alegres, ha entendido los deberes conyugales a su manera, un tanto militarista y retozona”. Otros, menos sutiles, diagnosticarían sin reparo que Sisí era frígida. 

Pronto fue evidente que ser Elisabeth y ser emperatriz eran dos posiciones antagónicas. La corte vienesa era una de las más rígidas de Europa, con un protocolo estricto. Ella, acostumbrada a una vida mucho más libre, con una sensibilidad muy marcada y enemiga de todo fingimiento o enredo social, la detestaba. Aquella era una corte casi del antiguo régimen, rancia, conservadora, catoliquísima e hiper protocolaria, pues seguían el protocolo español, uno de los más rígidos. Esto provocaba que la vida cotidiana estuviese sujeta a mil pequeñas reglas e intermediarios que a ella, la emperatriz, le resultaban insoportables. Si un día quería desayunar en cama o trataba a su suegra de tú, se desataba un drama de proporciones cósmicas. Elisabeth, simplemente, apenas podía estar sola sin un montón de damas que la rodeaban, escrutaban y muy pronto criticaban. A su alrededor había una falta absoluta de privacidad, considerada un invento burgués del siglo XIX. La pareja imperial era la encarnación de la corona, y por tanto, todo lo que hacían era público, para horror de Sisí.

Desde luego, nada se le escapaba a su suegra. Según le diría Elisabeth a su amiga María Festetics, recogido por Brigitte Hamann en su libro Sisi, emperatriz contra su voluntad, “yo vivía temiendo que llegase la archiduquesa. Y venía todos los días, a cada hora, para espiar lo que hacía. Estaba totalmente a merced de aquella malvada mujer. Todo lo que yo hacía le parecía mal. Hablaba despectivamente de todas las personas que a mí me gustaban. Lo averiguaba todo, porque espiaba continuamente. La casa entera la temía, y temblaba ante ella”. Cuando nacieron sus dos primeras hijas, Sofía y Gisela, su suegra le vetó todo el acceso a su educación, considerando –con cierto criterio- que ella era la que estaba más capacitada para convertirlas en “auténticas Habsburgo”. Elisabeth no podía ni acceder a sus hijas cuando quería, y las habitaciones de las pequeñas estaban al lado de las de su suegra, no de las suyas. Acabó renunciando a rebelarse contra esa situación. Y cuando lo hizo, las consecuencias resultaron ser terribles.

Todo empezó con un intento de matrimonio concertado, que era prácticamente la única forma de casarse entre la aristocracia del siglo XIX. Lo arreglaron entre las futuras consuegras, que eran además hermanas, la archiduquesa Sofía y su hermana Ludovica. El novio al que buscaban casar era un dechado de virtudes. Nada menos que el káiser, el emperador de Austria, el joven de 22 años Francisco José: guapo, con buen carácter, educado, de buena disposición y al frente de un imperio Habsburgo que ocupaba media Europa. Había llegado al trono siendo tan joven de forma legítima, pero gracias a un atajo sucesorio (falta de descendencia directa de su antecesor, su tío) y por el buen hacer de su madre. Sofía era consciente de que su marido no poseía una inteligencia muy brillante sino más bien por debajo de la media así que, con la colaboración del ministro Metternich, educó a su hijo mayor desde siempre para que pudiese acceder al trono cuanto antes. Y así lo hizo, Francisco Carlos abdicó sin llegar a catar el poder, y su hijo Francisco José se convirtió en emperador en 1848, a los 18 años. Por supuesto, su madre siguió siendo una influencia decisiva en todos los aspectos de su vida, y esto implica incluso su vida íntima. Sofía se encargó de que “Franzi” frecuentase lo que se conocían como  “condesas higiénicas”, mujeres con las que poder mantener relaciones sexuales que le desfogasen y satisficiesen con garantías de salud y sin ninguna amenaza. Era lo habitual en su época. De hecho, en España, Isabel II se encargaría de que su hijo el futuro Alfonso XII perdiese la virginidad con la soprano Elena Sanz. Sofía vigilaba todo en la sombra. Cuando Franzi mostró una especial inclinación por la condesa Elisabeth Ugarte, se apresuraron a mandarla a visitar a su padre, bien lejos de Viena; y cuando en otra ocasión empezó a hacerle ojitos a una de sus primas, también llamada Elisabeth, que pertenecía a los Habsburgo de Hungría, Sofía le indicó a la joven que había llegado la hora de casarse… con otro. 

Cuando tomó la decisión de que su Franzi se casase, Sofía buscó en su propia familia a una princesa adecuada, y la encontró –o creyó encontrarla– entre las hijas de su hermana Ludovica, duquesa en (no de) Baviera. La elegida fue Elena, que tenía 19 años. Las hermanas se pusieron de acuerdo por carta y concertaron reunirse junto a sus vástagos el 15 de agosto de 1854 en la ciudad balneario de Bad Ischl, donde veraneaba la familia real. Allí acudieron Ludovica y sus dos hijas mayores, Elena y Elisabeth, apodadas Nené y Sisí. Se había previsto celebrar el 23 cumpleaños del emperador y de paso su compromiso con una prima a la que hacía cinco años que no veía y apenas conocía. Francisco José y Nené parecían estar conformes, entre resignados y emocionados, con lo que sus madres habían organizado para ellos. El emperador acudió a recibir a Elena, su proyectada futura esposa. Pero a la que vio de verdad fue a Sisí

El joven emperador Francisco Jos ya emperador retratado en 1851.

Elisabeth tenía entonces 15 años y apenas era una niña peinada con trenzas. Su presencia en Bad Ischl era en cierto modo casual, su madre quiso llevarla para distraerla porque estaba sufriendo un mal de amores. Se había enamorado de un conde perteneciente al séquito de su padre al que alejaron convenientemente para evitar disgustos. Como el resto de sus hermanos, Sisí se había criado entre Munich y el palacio de Possenhofen de una forma bastante libre y un poco salvaje, gracias al temperamento “original” de su padre, Max. Era una niña inteligente, muy sensible e imaginativa, que adoraba la naturaleza y que no había destacado ni por su responsabilidad ni por su interés en los estudios. Claro que las institutrices se habían volcado sobre todo en los niños y en Elena, la que se esperaba que se casase mejor, dejando un poco distraída la formación del resto. 

Pero cuando llegó el encuentro, Francisco José encontró a Elena bella, nada más. Al contemplar acto seguido a su prima pequeña, experimentó uno de esos flechazos propios de la mentalidad romántica que nadie esperaba de una situación así. Y todos los presentes en ese primer encuentro se dieron cuenta de que el káiser a quien hacía caso, con quien hablaba y a quien miraba con arrobo era a Sisí, no a Nené. Cuando se lo dijeron a su madre, Sofía, se mostró incrédula de que Franzi pudiese haberse fijado en “una muchachita que tiene los dientes amarillos”. Pero la decisión ya estaba tomada. Apenas dos días después de este primer encuentro, Franzi se encaró por una vez con su madre y le dijo que iba a casarse con Sisí. Al día siguiente, el 18 de agosto, durante el cumpleaños del joven, es Sisí la que ocupa el lugar previsto para su hermana, que se queda en shock y humillada. No está claro hasta qué punto Sisí era partícipe de ese amor tan decidido. La leyenda rosa lo pintó como un sentimiento mutuo, pero los historiadores más contemporáneos indican que más bien la joven se vio arrastrada por los acontecimientos y, simplemente, nadie le preguntó su parecer porque, en realidad, no cabía en la cabeza de nadie que ella tuviese una opinión. Como remachó la archiduquesa Sofía, “al emperador de Austria no se le da calabazas”.

En los ocho meses que pasaron desde que se prometieron hasta casarse, Sisí cumplió 16 años, fue entrenada para llenar los huecos de su descuidada educación, entre ellos aprender francés –en un rasgo excéntrico, su padre había decidido que aprendieran inglés– y recibió dos visitas de su novio Francisco José. También se  preparó su ajuar de la mejor forma posible. Cuando llegó a Viena lo hizo acompañada de 24 baúles que contenían 17 trajes de gala, 14 vestidos de cuello cerrado, 6 saltos de cama, 19 vestidos de verano, 4 miriñaques, 16 pelucas y cintas con plumas, 6 abrigos, 8 mantillas, 5 capas de terciopelo o paño grueso, 14 docenas de camisas, 6 docenas de combinaciones, 5 docenas de pantaloncitos, peinadores y saltos de cama, 6 pares de zapatos y 20 docenas de guantes. A la sociedad vienesa, sin embargo, le resultó ridículo e insuficiente para una mujer de su rango, y fue criticado con malevolencia por pobretona. 

Fotografía de la coronación por Emil Rabending

Esa sería la menor de sus preocupaciones. La boda se celebró el 24 de abril por la tarde en la iglesia de los Agustinos. Y donde terminan los cuentos, empezó lo que algunos tildan de pesadilla. Muchos años después, Sisí le escribiría una carta a su hija María Valeria en la que definió lo que ocurrió aquel día con una vehemencia muy cruda: “El matrimonio es una institución absurda. Te venden a los quince años, cuando todavía eres una niña, y te obligan a hacer un juramento que no entiendes y del que te arrepientes durante treinta años, o aún más, pero que ya no puedes romper”. 

Los problemas, el choque de personalidades, de mundos, empezaron enseguida. Al día siguiente de consumar el matrimonio, tres días después de la boda, Elisabeth tuvo que desayunar con su madre y su suegra, y contarles lo referente a su pérdida de virginidad. La noticia fue celebrada en toda la corte, como era natural entonces. Pero Elisabeth tenía otro sentido de la intimidad y la privacidad, uno que desde luego no era de ese entorno, y vivió la situación con vergüenza y espanto. Sobre las relaciones sexuales de aquella primera etapa, un biógrafo teorizaría con delicadeza sobre “el amor excesivamente ardoroso de Francisco José, quien, quizá guiado por los fáciles encuentros que sus fieles le procuraron con damas alegres, ha entendido los deberes conyugales a su manera, un tanto militarista y retozona”. Otros, menos sutiles, diagnosticarían sin reparo que Sisí era frígida. 

Pronto fue evidente que ser Elisabeth y ser emperatriz eran dos posiciones antagónicas. La corte vienesa era una de las más rígidas de Europa, con un protocolo estricto. Ella, acostumbrada a una vida mucho más libre, con una sensibilidad muy marcada y enemiga de todo fingimiento o enredo social, la detestaba. Aquella era una corte casi del antiguo régimen, rancia, conservadora, catoliquísima e hiper protocolaria, pues seguían el protocolo español, uno de los más rígidos. Esto provocaba que la vida cotidiana estuviese sujeta a mil pequeñas reglas e intermediarios que a ella, la emperatriz, le resultaban insoportables. Si un día quería desayunar en cama o trataba a su suegra de tú, se desataba un drama de proporciones cósmicas. Elisabeth, simplemente, apenas podía estar sola sin un montón de damas que la rodeaban, escrutaban y muy pronto criticaban. A su alrededor había una falta absoluta de privacidad, considerada un invento burgués del siglo XIX. La pareja imperial era la encarnación de la corona, y por tanto, todo lo que hacían era público, para horror de Sisí.

Desde luego, nada se le escapaba a su suegra. Según le diría Elisabeth a su amiga María Festetics, recogido por Brigitte Hamann en su libro Sisi, emperatriz contra su voluntad, “yo vivía temiendo que llegase la archiduquesa. Y venía todos los días, a cada hora, para espiar lo que hacía. Estaba totalmente a merced de aquella malvada mujer. Todo lo que yo hacía le parecía mal. Hablaba despectivamente de todas las personas que a mí me gustaban. Lo averiguaba todo, porque espiaba continuamente. La casa entera la temía, y temblaba ante ella”. Cuando nacieron sus dos primeras hijas, Sofía y Gisela, su suegra le vetó todo el acceso a su educación, considerando –con cierto criterio- que ella era la que estaba más capacitada para convertirlas en “auténticas Habsburgo”. Elisabeth no podía ni acceder a sus hijas cuando quería, y las habitaciones de las pequeñas estaban al lado de las de su suegra, no de las suyas. Acabó renunciando a rebelarse contra esa situación. Y cuando lo hizo, las consecuencias resultaron ser terribles.

Elisabeth enseguida adoró Hungría, la cultura magiar, el idioma y la población de un país que veía a Austria como un yugo del que sacudirse. Intercedió en varias ocasiones a favor de rebajar la represión sobre el país, e incluso su palacio favorito, el único en el que le gustaba estar, era el de Gödollö, en Hungría. Esta afinidad era problemática, porque iba de la mano de ponerse de parte de los independentistas húngaros y de las corrientes más liberales que chocaban con la política de Viena. Cuando la pareja imperial fue a hacer un viaje por Hungría, en 1857, Elisabeth insistió en llevarse a sus dos hijas, contra los deseos de su suegra. Por una vez, se salió con la suya. Sin embargo, durante el viaje, las niñas contrajeron fiebres. Gisela se recuperó, pero Sofía no, y falleció. Elisabeth se culpó de la muerte de su primogénita, y cuando nació Rodolfo, el ansiado heredero al trono, al año siguiente, no estaba en condiciones de atenderle.

Pronto Sisí declaró estar enferma. Se fue a Madeira después de su cuñado Maximiliano le hablase maravillas de la isla portuguesa, que en aquella época no podía ser un lugar más lejano e ignoto, y funcionó. No se sabe exactamente qué padecía, y se baraja algún desorden psicosomático o una depresión, pero cambiar de aires le vino bien. Fue el primer paso para que Elisabeth se construyese su propio mundo, uno errante, como viajera incansable, siempre en busca de la belleza, los paisajes naturales y el estímulo intelectual. Empezó a ser la emperatriz rebelde en una época en la que la rebeldía no estaba en absoluto bien vista. La corte de Viena pasó a aborrecerla por sus desplantes. No tenía sentido una emperatriz que en vez de estar donde se la requería, y con su marido y sus hijos, prefería pasarse los días en Grecia o en Suiza, viajando con un cortejo nulo, intentando evitar todo encuentro con las autoridades y preferiblemente de incógnito. Para sus detractores, aquella era una actitud irresponsable y egoísta, cuando no malvada, o propia de una loca. En esta mezcla de fascinación y animadversión también influye mucho que la emperatriz era muy hermosa. Aquella jovencita vivaz y algo atolondrada que conquistó a Franzie se convirtió en una de las grandes bellezas de su época, tanto que atraía a admiradores deseosos de contemplarla, aunque ella enseguida empezó a rehuir Viena todo lo que pudo. El mito y las elucubraciones en torno a su figura nacen de entonces, de esa Sisí errante que pasa cada vez más tiempo recorriendo el mundo, que no fue a Tasmania porque su marido, en general comprensivo, se lo prohibió. Francisco José tenía una mentalidad mucho más cuadriculada y burocrática que su esposa, y parecía satisfecho y feliz con la responsabilidad que le había tocado: largos despachos ocupándose de los asuntos de su inmenso territorio y periódicas guerras y conflictos con potencias extranjeras que se saldaban de forma desigual. Elisabeth, sencillamente, no encajaba en el lugar ni en la época que le tocó vivir. Y desde luego, el puesto de emperatriz se daba de bruces con su carácter y personalidad. 

Un carácter y personalidad que ha sido escrutado y analizado miles de veces y que cada época, en cierto modo, interpreta a su manera. Sus contemporáneos como una mujer egoísta, cuando no decididamente loca, obsesionada por su belleza, que huyó de las fotografías y los retratos desde que cumplió 35 años y se tapaba la cara con un velo azul o un abanico para que no la reconociesen. Como escribe Ángeles Caso, “peor que la leyenda

negra es la leyenda rosa”. Las películas de Romy Schneider de Sisí emperatriz fijaron en el imaginario colectivo el pastel de nata, la cursilería, el cuento de hadas falso contado por enésima vez para inocularse en el corazón de varias generaciones de jóvenes que soñarían con una Sisí que nunca existió. Más recientemente se ha teorizado con que sufría anorexia. Durante gran parte de su vida tuvo una cintura de 45 centímetros midiendo 1,72 y; su dieta era exigua, apenas bebía leche y filetes exprimidos, caminaba durante horas sin desfallecer y fumaba muchos puros y cigarrillos. Practicaba gimnasia de forma incansable, se hizo instalar en todos sus palacios modernos aparatos de gimnasia. En el palacio de Hofburg, en Viena, pueden verse las reliquias de Sisí como una santa laica de su tiempo, además de las espalderas y demás, sus objetos de belleza, el  instrumento con el exprimía la sangre de los filetes e incluso su retrete.

Ninguna de estos mitos se centró su vertiente intelectual. Elisabeth aprendió griego moderno fruto de su amor por el país, como correspondía al estilo germánico (en aquella época, por resumir, los ingleses se enamoraron de Italia y los alemanes de Grecia). En Corfú mandó erigir un palacio de estilo helenístico un poco en la línea de los castillos que su primo Luis II, el rey Loco, construyó en Baviera. Era una admiradora rendida de Heine (judío, antiprusiano y exiliado político), del que diría “lo que amo de él es su ilimitado desprecio de sus propios rasgos humanos, y la tristeza que le infundieron las cosas terrenales”. Tradujo a Schopenhauer y La tempestad de Shakespeare al griego, y escribía sus propias poesías que publicó anónimamente -solo seis ejemplares entregó a personas de su confianza-, que hoy son leídas como una suerte de diario. Adoraba navegar y la equitación, hasta que dejó de montar a caballo para centrarse en caminar, subir a montañas y contemplar atardeceres. En una ocasión mandó que la atasen al mástil de un barco para poder presenciar una tormenta en alta mar con toda su crudeza. Buscaba su refugio, en fin, en el mundo del arte, la cultura y la naturaleza, y desde luego, le hacía falta encontrar ese refugio, porque pronto la heroína de novela rosa devino en protagonista de una historia de terror gótico

Fotografía de la coronación, por Emil Rabending

Francisco José, ya emperador, retratado en 1851.

La emperatriz Isabel de Austria con un vestido de gala cortesano con estrellas de diamantes de Franz Xaver Winterhalter, 1865.

Por Raquel Piñeiro

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